Más que un ajuste de cuentas personal, lo que hizo fue poner en palabras un problema que el propio Gobierno todavía no ha querido enfrentar y que podría terminar costándole muy caro a la derecha."
Desde que Mara Sedini apareció en Sin Filtros, buena parte de la conversación en la derecha ha girado en torno a una sola premisa: que quien ocupó uno de los cargos más importantes del Gobierno decidió traicionar a quienes le dieron esa responsabilidad.
Y, probablemente, esa sea la discusión menos interesante de todas.
Está claro que el mensaje de Sedini incomodó. Y por eso es tan fácil caer en el análisis simplista de si traicionó o no al Gobierno. Mientras las RRSS y los likes nos incentivan a quedarmos atrapados en ese debate, estamos pasando por alto una pregunta mucho más relevante: ¿y si detrás de sus palabras hay un problema real? Como dice el viejo refrán, cuando no nos gusta lo que dice el mensajero, la reacción más natural es intentar desacreditarlo.
Lo relevante de la entrevista no fue quién habló, sino lo que describió: un ambiente donde la autenticidad fue reemplazada por el control, donde la espontaneidad dio paso a un libreto y donde la preocupación por evitar errores terminó condicionando la forma de comunicar del Gobierno.
Ese es el punto que muchos están dejando pasar. Porque el debate no es sobre una exvocera, es sobre si el Gobierno está perdiendo la sensación de autenticidad y cercanía que llevó a José Antonio Kast a La Moneda.
La comunicación política lleva décadas estudiando este fenómeno. El sociólogo Erving Goffman sostenía que las personas perciben con mucha facilidad cuándo alguien habla desde su convicción y cuándo simplemente está interpretando un papel (Actúa, Mara)
Eso es lo que vuelve interesante el relato de Mara Sedini. Porque, si efectivamente dentro del Gobierno se instaló una lógica donde el objetivo pasó a ser controlar cada palabra, cada gesto y cada aparición pública, el problema es terminar proyectando una imagen demasiado calculada, justo lo contrario de lo que llevó a Kast a conectar con la gente.
No sería la primera vez que ocurre. Los gobiernos rara vez se derrumban por el primer error. Se derrumban cuando desarrollan una cultura obsesionada con impedir que los errores existan o se conozcan.
La historia ofrece más de un ejemplo. Richard Nixon no terminó cayendo sólo por el espionaje del Watergate, sino porque el intento por controlar el daño terminó siendo más devastador que el hecho original. Algo parecido ocurrió con el Gobierno de Gabriel Boric: el caso Convenios dejó de ser un problema de probidad y pasó a convertirse en una crisis política por la forma en que se intentó administrar. La pregunta es si el Gobierno de José Antonio Kast corre el mismo riesgo si es que desde el segundo piso se sigue privilegiando el control del mensaje por sobre la autonomía de las autoridades.
Por eso la entrevista de Mara Sedini necesita una lectura más estratégica. Independiente de sus motivos personales, obligó a poner sobre la mesa un debate que tarde o temprano el Gobierno tendrá que enfrentar: si el exceso de control está empezando a jugarle en contra.
José Antonio Kast ganó la elección ofreciendo autenticidad, cercanía y sentido común. Sería una paradoja que su Gobierno terminara alejándose precisamente de esas virtudes por la obsesión de controlar cada palabra, cada gesto y cada aparición pública.
Quizás Mara Sedini esté equivocada. Quizás exageró. Quizás omitió responsabilidades propias. Todo eso puede discutirse.
Lo que sería un error es creer que la polémica termina desacreditando a quien habló, porque cuando las encuestas empiezan a mostrar que el Gobierno pierde conexión con la ciudadanía, vale la pena escuchar incluso aquellas voces que resultan incómodas.
